Lo que sostiene al cerebro
En momentos extremos, algo básico puede sostenernos.
Sep 11, 2026 · 20 min · 7 segments
Corrí 32km. Del Pinares a Lindora, cruzando todo el centro de San José. Y en el kilómetro 15 me cayó el cansancio, sola. Del 16 en adelante, alguien no me soltó hasta la meta. Ahí descubrí algo que…
Kilómetro cero.
Okey.
Salida de Pinares a corrida bata, nada más.
Energía arriba, cabeza clara, todavía pensando en cosas cero complejas, tipo: «Voy corriendo, sí, este ritmo lo puedo mantener, voy a disfrutar el paisaje».
Ese cerebro organizado, mi lóbulo frontal dando lo mejor de sí.
Pero [ríe] este cerebro organizado no les va a durar mucho, así que ya van a ver.
Del kilómetro uno al catorce, todo bien, pero llegando entre el doce y el catorce, la ruta entra al centro de San José.
Y aquí es donde empieza lo curioso.
Las calles del centro no son iguales, claramente, pero todas tienen el mismo ro-- el mismo olor, los mismos semáforos, las mismas esquinas repitiéndose una y otra vez.
Y yo me iba diciendo a mí misma como: «Mira, aquí está el Centro de Estudios Brasileños, yo estudiaba ahí, qué rico pan».
«Ah, aquí está el Blanco Cervantes».
¿Verdad? Yo iba tratando de ver el ambiente y de no ver el suelo para no cansarme mentalmente.
Entonces, de tanto repetirme, de tanto dar vueltas, mi cerebro siente que está en un loop y aunque en realidad uno sí va avanzando en línea, es una sensación rarísima, como estar como en un mi-- un videojuego, pero en modo difícil, donde el escenario se recicla todo el tiempo, donde no hubo budget para comprar más ni para producto audiovisual, nada.
Kilómetro quince.
Ya me fui muy rápido, pero aquí me alcanzó el cansancio fuerte y sola.
Y ahí viene algo supercurioso que aprendí, porque vine, me senté e investigué después, aquí en mi casa, ya tranquila, ya descansada, antes de estar en este proceso que yo estaba como pidiendo oxígeno.
[ríe] Después, en ese kilómetro quince, yo estaba completamente sola.
Y yo me decía: «Ya no puedo más», porque vamos a ver, el cuerpo no siempre solamente era hablando.
El cerebro es tan curioso porque actúa como un guarda de seguridad que es completamente paranoico y exagerado, que empieza a mandarte señales de: «Hay que parar, hay que parar, hay que parar», mucho antes que nuestro cuerpo realmente se sienta agotado e insatisfecho con lo que está haciendo, antes que realmente esté por colapsar de verdad.
Básicamente, tu cabeza se sobrepro-- se pone sobreprotectora antes que las piernas realmente lo estén.
Y justo ahí en ese kilómetro quince, ya venía dando la vuelta y era exactamente donde el cansancio pegó más duro y yo estaba completamente sola y yo decía: «No, ¿saben qué? Quince kilómetros está bien, es un fondo normal, yo estaba bien».
Porque donde yo iba dando la vuelta ya para completar entre los quince y dieciséis kilómetros, yo dije: «No, en realidad ya ahí está todo bien».
Y llegando por allá vi a la persona que me iba a acompañar los próximos dieciséis kilómetros y me sentí como esos chiquitos cuando logran ver al papá o a la mamá en medio de la multitud.
Podía porer-- correr más rápido, podía avanzar.
Entonces, qué curioso, ¿no? Y justo ahí, digamos, en ese kilómetro quince donde el cansancio me pegó más duro, que yo estaba sola, es donde entra este segundo personaje.
Kilómetro cero.
Okey.
Salida de Pinares a corrida bata, nada más.
Energía arriba, cabeza clara, todavía pensando en cosas cero complejas, tipo: «Voy corriendo, sí, este ritmo lo puedo mantener, voy a disfrutar el paisaje».
Ese cerebro organizado, mi lóbulo frontal dando lo mejor de sí.
Pero [ríe] este cerebro organizado no les va a durar mucho, así que ya van a ver.
Del kilómetro uno al catorce, todo bien, pero llegando entre el doce y el catorce, la ruta entra al centro de San José.
Y aquí es donde empieza lo curioso.
Las calles del centro no son iguales, claramente, pero todas tienen el mismo ro-- el mismo olor, los mismos semáforos, las mismas esquinas repitiéndose una y otra vez.
Y yo me iba diciendo a mí misma como: «Mira, aquí está el Centro de Estudios Brasileños, yo estudiaba ahí, qué rico pan».
«Ah, aquí está el Blanco Cervantes».
¿Verdad? Yo iba tratando de ver el ambiente y de no ver el suelo para no cansarme mentalmente.
Entonces, de tanto repetirme, de tanto dar vueltas, mi cerebro siente que está en un loop y aunque en realidad uno sí va avanzando en línea, es una sensación rarísima, como estar como en un mi-- un videojuego, pero en modo difícil, donde el escenario se recicla todo el tiempo, donde no hubo budget para comprar más ni para producto audiovisual, nada.
Kilómetro quince.
Ya me fui muy rápido, pero aquí me alcanzó el cansancio fuerte y sola.
Y ahí viene algo supercurioso que aprendí, porque vine, me senté e investigué después, aquí en mi casa, ya tranquila, ya descansada, antes de estar en este proceso que yo estaba como pidiendo oxígeno.
[ríe] Después, en ese kilómetro quince, yo estaba completamente sola.
Y yo me decía: «Ya no puedo más», porque vamos a ver, el cuerpo no siempre solamente era hablando.
El cerebro es tan curioso porque actúa como un guarda de seguridad que es completamente paranoico y exagerado, que empieza a mandarte señales de: «Hay que parar, hay que parar, hay que parar», mucho antes que nuestro cuerpo realmente se sienta agotado e insatisfecho con lo que está haciendo, antes que realmente esté por colapsar de verdad.
Básicamente, tu cabeza se sobrepro-- se pone sobreprotectora antes que las piernas realmente lo estén.
Y justo ahí en ese kilómetro quince, ya venía dando la vuelta y era exactamente donde el cansancio pegó más duro y yo estaba completamente sola y yo decía: «No, ¿saben qué? Quince kilómetros está bien, es un fondo normal, yo estaba bien».
Porque donde yo iba dando la vuelta ya para completar entre los quince y dieciséis kilómetros, yo dije: «No, en realidad ya ahí está todo bien».
Y llegando por allá vi a la persona que me iba a acompañar los próximos dieciséis kilómetros y me sentí como esos chiquitos cuando logran ver al papá o a la mamá en medio de la multitud.
Podía porer-- correr más rápido, podía avanzar.
Entonces, qué curioso, ¿no? Y justo ahí, digamos, en ese kilómetro quince donde el cansancio me pegó más duro, que yo estaba sola, es donde entra este segundo personaje.
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