Marisa LazoHost
Perdón, ¿me puedo sentar aquí? Ahora piensa: ¿cuántas de esas veces realmente hiciste algo malo? ¿Cuántas veces pediste perdón por algo que en realidad no requería, no requería una disculpa? Probablemente, la mayoría.

Es lo que dice tu hábito: estoy estorbando, estoy sobrando, necesito justificar que estoy aquí o soy menos importante, o mi opinión es menos importante que la de los demás.

Karina Schumann, investigadora de Psicología Social en la Universidad de Pittsburgh, hizo un estudio muy interesante sobre esto.

Encontró que las mujeres sí pedimos perdón más que los hombres, pero no porque seamos más educadas o más empáticas, sino porque tenemos el umbral más bajo para lo que consideramos una ofensa.

No porque seamos más educadas o más empáticas, sino porque tenemos el umbral más bajo para lo que consideramos una ofensa.

O sea, cosas que para un hombre ni lo registra como problema, llegar cinco minutos tarde, mandar un mensaje largo, contestar después, pedir un favor, para nosotras ya se sienten como algo que necesitamos disculpar.

Qué fuerte pensarlo así, ¿verdad? Porque no es que hagamos más cosas mal, es que sentimos que todo lo que hacemos podría molestar a alguien.

Porque cada vez que dices perdón sin necesitarlo, te estás entrenando a querer-- a creer que tu presencia es una imposición, que preguntar es molestar, que pedir es abusar, que existir requiere disculpa.

En el budismo hay una práctica que se llama presencia compasiva, y parte de esta práctica es reconocer que tienes el mismo derecho a estar aquí que cualquier otra persona, no más, no menos.

Ahora, no te estoy diciendo que dejes de disculparte cuando de verdad la riegues.

Lo que te estoy pidiendo es que notes la diferencia entre una disculpa real y un perdón automático.

Cada vez que vayas a pedir perdón, haz una pausa y pregúntate: ¿realmente hice algo mal? Si la respuesta es no, cambia el perdón por otra cosa.

Perdón, ¿me puedo sentar aquí? Ahora piensa: ¿cuántas de esas veces realmente hiciste algo malo? ¿Cuántas veces pediste perdón por algo que en realidad no requería, no requería una disculpa? Probablemente, la mayoría.

Es lo que dice tu hábito: estoy estorbando, estoy sobrando, necesito justificar que estoy aquí o soy menos importante, o mi opinión es menos importante que la de los demás.

Karina Schumann, investigadora de Psicología Social en la Universidad de Pittsburgh, hizo un estudio muy interesante sobre esto.

Encontró que las mujeres sí pedimos perdón más que los hombres, pero no porque seamos más educadas o más empáticas, sino porque tenemos el umbral más bajo para lo que consideramos una ofensa.

No porque seamos más educadas o más empáticas, sino porque tenemos el umbral más bajo para lo que consideramos una ofensa.

O sea, cosas que para un hombre ni lo registra como problema, llegar cinco minutos tarde, mandar un mensaje largo, contestar después, pedir un favor, para nosotras ya se sienten como algo que necesitamos disculpar.

Qué fuerte pensarlo así, ¿verdad? Porque no es que hagamos más cosas mal, es que sentimos que todo lo que hacemos podría molestar a alguien.

Porque cada vez que dices perdón sin necesitarlo, te estás entrenando a querer-- a creer que tu presencia es una imposición, que preguntar es molestar, que pedir es abusar, que existir requiere disculpa.

En el budismo hay una práctica que se llama presencia compasiva, y parte de esta práctica es reconocer que tienes el mismo derecho a estar aquí que cualquier otra persona, no más, no menos.

Ahora, no te estoy diciendo que dejes de disculparte cuando de verdad la riegues.

Lo que te estoy pidiendo es que notes la diferencia entre una disculpa real y un perdón automático.

Cada vez que vayas a pedir perdón, haz una pausa y pregúntate: ¿realmente hice algo mal? Si la respuesta es no, cambia el perdón por otra cosa.
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