El territorio es un ser vivo.
Si lo cuidas, te cuida.
Si lo rompes, se rompe también tu propio equilibrio.
Estas palabras resumen cómo el pueblo nativo de los innú ha entendido desde hace miles de años la relación con su tierra.
Y esa cosmovisión es una forma de habitar un territorio donde el agua, el bosque y la fauna componen un sistema inseparable.
Entre Quebec y Toronto, el río San Lorenzo recorre 1197 kilómetros y abre la región al océano.
En sus aguas persisten historias de exploradores, pueblos nativos y comerciantes.
Aquí, los bosques son refugio y espejo.
Dicen que quien se adentra en ellos también lo hace un poco en sí mismo.
Lo que empieza como un viaje a contracorriente desde la costa del Atlántico hasta aguas del Ontario, el menor de los cinco grandes lagos americanos y frontera entre Canadá y Estados Unidos, se convierte en una ruta que va modulando su acento y su paisaje.
Del bonjour quebequés al hello inglés, de los pueblos que parecen acuarelas a los rascacielos acristalados de las grandes ciudades.
Pero además del agua, hay otro hilo que une estos paisajes: un mar de arces y abedules que pasa del verde estival al rojo fuego del otoño, hasta desaparecer bajo metros de nieve en invierno.
Entonces, parte de la corriente se congela y donde el hielo lo permite, el cauce deja de ser ruta de barcos para volverse pista de patinaje.
En primavera, los bosques huelen a tierra húmeda y sirope de arce, cuando la savia de estos árboles se convierte en un néctar que se cuela en los platos más variados.
Mucho antes de que el francés Jacques Cartier tomara esta tierra en nombre de Francisco I, en las orillas del San Lorenzo vivían los innú, los algonquinos y los iroqueses, que ya usaban el río como autopista para el comercio de pieles.
Cuando Jacques Cartier pisó la península de La Gaspésie en 1534, la nombró Novelle France y no dudó en usar el río para adentrarse en el territorio.
Y mientras los colonos franceses se establecían en el golfo del San Lorenzo, los británicos avanzaban desde el oeste.
Con la firma del tratado de París en 1763, la colonia pasó a dominio británico en 1867.
El país obtuvo su autonomía, pero no fue hasta 1931 cuando el Parlamento de Londres aprobó formalmente su independencia.
El territorio es un ser vivo.
Si lo cuidas, te cuida.
Si lo rompes, se rompe también tu propio equilibrio.
Estas palabras resumen cómo el pueblo nativo de los innú ha entendido desde hace miles de años la relación con su tierra.
Y esa cosmovisión es una forma de habitar un territorio donde el agua, el bosque y la fauna componen un sistema inseparable.
Entre Quebec y Toronto, el río San Lorenzo recorre 1197 kilómetros y abre la región al océano.
En sus aguas persisten historias de exploradores, pueblos nativos y comerciantes.
Aquí, los bosques son refugio y espejo.
Dicen que quien se adentra en ellos también lo hace un poco en sí mismo.
Lo que empieza como un viaje a contracorriente desde la costa del Atlántico hasta aguas del Ontario, el menor de los cinco grandes lagos americanos y frontera entre Canadá y Estados Unidos, se convierte en una ruta que va modulando su acento y su paisaje.
Del bonjour quebequés al hello inglés, de los pueblos que parecen acuarelas a los rascacielos acristalados de las grandes ciudades.
Pero además del agua, hay otro hilo que une estos paisajes: un mar de arces y abedules que pasa del verde estival al rojo fuego del otoño, hasta desaparecer bajo metros de nieve en invierno.
Entonces, parte de la corriente se congela y donde el hielo lo permite, el cauce deja de ser ruta de barcos para volverse pista de patinaje.
En primavera, los bosques huelen a tierra húmeda y sirope de arce, cuando la savia de estos árboles se convierte en un néctar que se cuela en los platos más variados.
Mucho antes de que el francés Jacques Cartier tomara esta tierra en nombre de Francisco I, en las orillas del San Lorenzo vivían los innú, los algonquinos y los iroqueses, que ya usaban el río como autopista para el comercio de pieles.
Cuando Jacques Cartier pisó la península de La Gaspésie en 1534, la nombró Novelle France y no dudó en usar el río para adentrarse en el territorio.
Y mientras los colonos franceses se establecían en el golfo del San Lorenzo, los británicos avanzaban desde el oeste.
Con la firma del tratado de París en 1763, la colonia pasó a dominio británico en 1867.
El país obtuvo su autonomía, pero no fue hasta 1931 cuando el Parlamento de Londres aprobó formalmente su independencia.
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