Marisa LazoHost
Hace algunos años, un emprendedor llamado Jia Jiang estaba buscando crecer su empresa y necesitaba levantar fondos, ¿no? Entonces, tenía muchos meses esperando una junta muy importante con un posible inversionista, al cual le presentó su proyecto y la respuesta de este inversionista fue: "No, no le invierto a tu empresa".

Y claro, él sabía algo que cualquiera que haya emprendido aprende tarde o temprano.

Ese no, en realidad no acabó con su empresa ni significaba que su proyecto estuviera perdido.

Se quedó muchos días, semanas, sin ganas de volver a tocar la puerta, sin ganas de volver a intentarlo.

Y entonces, se dio cuenta de que tal vez el problema no era ese inversionista ni ese rechazo en particular.

Jia se dio cuenta de que llevaba ese miedo desde chico y que durante muchos años había dejado que ese miedo decidiera por él, decidiera a qué se atrevía, qué intentaba y también qué cosas prefería evitar.

Y eso me hizo pensar, ¿cuántas veces nos pasa algo parecido? ¿Cuántas decisiones dejamos de tomar no porque no queramos algo, sino porque queremos evitar la posibilidad de que nos digan que no? Siguiendo con la historia, Jia decidió hacer algo bastante fuera de lo común.

Cuando se dio cuenta de que tenía un tema con el, la, la palabra no. Y entonces decidió que iba a buscar el rechazo a propósito.

Durante cien días seguidos se propuso hacer una petición diaria, pero no cualquier petición.

Su idea era exponerse tantas veces al no, que poco a poco esa palabra dejara de tener tanto poder negativo sobre él.

Años después contó esa experiencia en una charla TED y escribió un libro que se llama Rejection Proof, Proof, algo así como "A prueba de rechazos".

Es-- él estaba listo para cien días en los cuales le dijeran cien veces que no. Pero un día, por ejemplo, entró a una tienda de donas y le pidió a la mujer que lo atendió que le hiciera unas donas en forma de aros olímpicos.

Él estaba convencido de que le iba a decir que no. Pensó que hasta se iba a reír de su petición.

Pero ella se quedó pensando, agarró una hoja, empezó a dibujar, empezó a dibujar y acomodar cómo podría ponerlas y quince minutos después regresó con los aros olímpicos hechos en dona.

Entonces, lo más interesante es que le decían que sí mucho más seguido de lo que él había imaginado.

Y cuando le decían que no, muchas veces tampoco eran por las razones que él había supuesto.

Y entonces esta historia me dejó pensando, porque probablemente la mayoría de nosotras no vamos a hacer un reto de cien días, por supuesto, buscando que nos rechacen.

Hace algunos años, un emprendedor llamado Jia Jiang estaba buscando crecer su empresa y necesitaba levantar fondos, ¿no? Entonces, tenía muchos meses esperando una junta muy importante con un posible inversionista, al cual le presentó su proyecto y la respuesta de este inversionista fue: "No, no le invierto a tu empresa".

Y claro, él sabía algo que cualquiera que haya emprendido aprende tarde o temprano.

Ese no, en realidad no acabó con su empresa ni significaba que su proyecto estuviera perdido.

Se quedó muchos días, semanas, sin ganas de volver a tocar la puerta, sin ganas de volver a intentarlo.

Y entonces, se dio cuenta de que tal vez el problema no era ese inversionista ni ese rechazo en particular.

Jia se dio cuenta de que llevaba ese miedo desde chico y que durante muchos años había dejado que ese miedo decidiera por él, decidiera a qué se atrevía, qué intentaba y también qué cosas prefería evitar.

Y eso me hizo pensar, ¿cuántas veces nos pasa algo parecido? ¿Cuántas decisiones dejamos de tomar no porque no queramos algo, sino porque queremos evitar la posibilidad de que nos digan que no? Siguiendo con la historia, Jia decidió hacer algo bastante fuera de lo común.

Cuando se dio cuenta de que tenía un tema con el, la, la palabra no. Y entonces decidió que iba a buscar el rechazo a propósito.

Durante cien días seguidos se propuso hacer una petición diaria, pero no cualquier petición.

Su idea era exponerse tantas veces al no, que poco a poco esa palabra dejara de tener tanto poder negativo sobre él.

Años después contó esa experiencia en una charla TED y escribió un libro que se llama Rejection Proof, Proof, algo así como "A prueba de rechazos".

Es-- él estaba listo para cien días en los cuales le dijeran cien veces que no. Pero un día, por ejemplo, entró a una tienda de donas y le pidió a la mujer que lo atendió que le hiciera unas donas en forma de aros olímpicos.

Él estaba convencido de que le iba a decir que no. Pensó que hasta se iba a reír de su petición.

Pero ella se quedó pensando, agarró una hoja, empezó a dibujar, empezó a dibujar y acomodar cómo podría ponerlas y quince minutos después regresó con los aros olímpicos hechos en dona.

Entonces, lo más interesante es que le decían que sí mucho más seguido de lo que él había imaginado.

Y cuando le decían que no, muchas veces tampoco eran por las razones que él había supuesto.

Y entonces esta historia me dejó pensando, porque probablemente la mayoría de nosotras no vamos a hacer un reto de cien días, por supuesto, buscando que nos rechacen.
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